Naranpol: La voz que se abre paso en el conflicto
El conflicto de Naranpol sigue sin resolución. Luis Caro visitó la planta en el día de ayer y participó de una asamblea a la que invitaron a los empleados. Por su parte, Caro mantiene sus intensiones con respecto a la Productora Alimentaria S.A. Al respecto, uno de los empleados dio a conocer su opinión en medio del conflicto.
La palabra de uno de los protagonistas
Un ejercicio
Todos sabemos qué hacer: los jueces, los ministros, los trabajadores, los empresarios…
Todos sabemos qué hacer cuando el clima es desfavorable: sacar la capa y taparnos, hasta que el temporal se haga tierra.
El desdichado corolario es que, aún sabiendo qué hacer, no hacemos nada.
Dispongo de los medios que están al alcance de todos para leer y escuchar. Uso anteojos pero no audífonos. Mis piernas todavía son tan fuertes como mis brazos. Mi cabeza resuena a la mañana y se despereza a la noche. Estoy donde debo estar, por acción u omisión, porque construí lo que tengo y destruí lo que tuve. Jamás, jamás, rogué que los milagros resuelvan mis cuestiones, aunque sí, más de una vez, practiqué un soliloquio en el que yo era el resumido, el ser en miniatura, una minúscula partícula de polvo flotando en el Sahara, y el resto, mi escucha, una mitología cotidiana, una creencia inocente en que aquellos milagros sí me podían resolver esas privadas cuestiones.
Estoy acá, frente al teclado, discurriendo matemáticamente las soluciones a un conflicto infinito, donde vuelan y planean duendes que van y vienen hasta mis ojos y mis oídos, donde se sienten huracanes que arrasan las crismas en las estruendosas voces de los voceros, los que la tienen. Las voces de los que la poseen…ahí reside el ardor que alumbra en varias llamas. Ahí reside el despojo y los gritos agudos. Por sobre los que no tienen voz, por sobre los que no tienen voz…
Es larga la espera. Desde hace meses (no importan hoy las precisiones; hoy las matemáticas se olvidaron de mí) el conflicto en Naranpol, donde yo trabajaba, me llena el espacio. El cotidiano, el de mis cosas y hasta el de mis letras. Llena todo lo que veo y escucho. Me transporta hábilmente a no pensar en otra cosa, a no buscar soluciones en otros ámbitos, a no poder subsanar los daños colaterales dispuestos, por interpósita persona, a mis propios hijos, los que resuelven quedarse callados mientras los miro como si fueran terneritos a la espera de engordar para destinarse al matadero. Y es así: mis hijos, para los ajenos, son vacas, y yo el que faena, sin otra opción que seguir viendo cómo aquellos siguen disponiendo de mis destinos.
A usted que lee esta carta le puede resultar extraña. Por un lado, la referencia del título expresa una consigna. Más abajo, refiere a terceros que, supuestamente, saben qué hacer y decir. Inmediatamente después habla de mí, de mis rezos y hasta de mis hijos. La relación no es lineal, aunque sí es una relación, lisa y llana. La relación nace cuando uno ve y escucha cómo se movieron todos: los particulares, trabajadores y empresarios, zigzagueando entre denuncias e insultos, entre la tenencia de la fábrica, y los salarios caídos, y las suspensiones A TODOS los empleados por haber sido los responsables de la bancarrota, y la fabricación y venta de los productos por una cooperativa nacida en el seno del propio conflicto, y la gran mayoría en un éxodo irresoluto en la inercia de las necesidades; los jueces resolviendo y resolviendo, y no solucionando; el ejecutivo no ejecutando. La matriz procreadora de este conflicto, ahora, me pone a mí en el ojo de la cerradura. Pero me sitúa en un territorio arrasado, en una carpa en alguna isla urbana, teniendo que ver a mis hijos como vacas. Entre los terceros y los míos existe una relación tan íntima que preocupa y atemoriza. Son los primeros los que saben qué hacer y no hacen nada, y los segundos son los que hacen de todo sin saber, exactamente, qué hacer.
Ahora se habla de “conciliación obligatoria” en los corrillos de los zaguanes en donde se mueven los actores. Escucho y miro: “conciliación obligatoria” de un conflicto infinito. Los que disponen y proponen son los que no miran el final del túnel. Saben qué hacer, y no hacen nada.
Voy a ser claro: una empresa que se encuentra parada desde hace casi cuatro meses no puede, así como así, volver a reestructurarse sin sangría mediante. Una empresa en bancarrota, detenida en su propia impericia, no puede sostener que no pasa nada y reabrir sus puertas como si nada hubiera pasado, como si el daño (por acción u omisión) a sus propios trabajadores pudiera resolverse con el sólo bálsamo de sacar un candado. Una industria que sufrió la pérdida en gran parte del mercado que le pertenecía y cuya marca, Naranpol, quedó echada por tierra con las denuncias de la ASSAL y sus comunicados a la sociedad, no puede rehacerse sin, insisto, una sangría de empleados que le permita ser eficiente y sustentable en el tiempo, a menos que consiga un apoyo externo, una “vacuna del tercer milenio” de algunos cuantos pesos para reemprender su viaje, a todas luces corto.
Voy a ser claro: la cooperativa que está en la planta no puede, amén de los derechos y las garantías ganados constitucionalmente, fabricar y vender un producto que lleva una marca ajena al conflicto en estas instancias, las del proceso judicial del concurso de acreedores, y ni siquiera podría hacerlo en la misma quiebra de Productora Alimentaria SA, sino en instancias avanzadas, tales como una extensión de quiebra hacia las empresas satélites. En esta cooperativa, en la planta, están mis compañeros y amigos, y yo entiendo, en sustancia, sus actos, aunque no los comparto. Pero fuera de ella hay cientos que esperan soluciones que engloben a todos, aunque no sean las mejores, sino las menos malas. Ellos, mis compañeros, resolvieron arremeter contra los propios dictámenes y las lógicas a fin de formar conciencia, o, como se dice en la jerga judicial, sentar jurispudencia. Y generaron terror en los ámbitos industriales, y lograron hacerse escuchar a fuerza de golpes de parches en los tambores, y ahora esperan por su destino, que no es distinto al mío.
Voy a ser claro: los ministerios interpretan los dictámenes judiciales como les es más provechoso: que en la letra grande dice hoy, pero en pequeño se aclara que mañana, y que en el anverso se propone ayer, y… irresolutos, ahora disponen que pueden encaminar la solución con una “conciliación obligatoria”, ¡después de cuatro meses de detención de la empresa, con empleados diseminados por cualquier lado, negociando con los MISMOS QUE NUNCA LLEGARON A NINGUN ACUERDO!. Bien; éste es el juego. Y un juego que juegan pocos, aunque todos, todos, apostamos. Un juego en el que el poder ejecutivo sabe qué hacer y no hace nada, como todos los que mueven las piecitas en el tablero. Toman el mango de la sartén y argumentan que, en pocos días, solucionarán el conflicto. A ver, voy a tratar de ser un poquito más preciso: ¡ESTE CONFLICTO NO TIENE UNA SOLUCION RAPIDA NI EXPEDITIVA, SALVO QUE SE LIBEREN FONDOS, LO QUE SERIA INDUDABLEMENTE INJUSTO Y SENTARIA LAS BASES DE LAS ACCIONES DE EMPRESAS QUE BUSQUEN EL MISMO OBJETIVO, ASI COMO SI SE LE DA LA LIBERTAD A LA COOPERATIVA DE FRACCIONAR Y COMERCIALIZAR LA MARCA SENTARIA OTRAS BASES, AHORA EN LAS ANTÍPODAS DE LAS EMPRESARIALES, EN LAS QUE SE SOPORTEN GRUPOS QUE LLEVEN A LAS INDUSTRIAS A SU DESGUACE Y POSTERIOR QUIEBRA PARA EXPROPIARLA EN FAVOR DE ESE MISMO GRUPO QUE SEGUIRA CON SU EXPLOTACION FUTURA!
Esta solución del conflicto es extemporánea. Viene unos meses atrasada, e, indudablemente, recae en el cliché de los discursos y las alegorías, en escuchar y ver a los responsables de tal latrocinio como grandes estrategas, solucionadores que ponen curitas en una operación a corazón abierto. Insisto: van a oír y resolver con las patas que siempre estuvieron, y que nunca llegaron a ningún mínimo acuerdo.
A usted que lee esta carta le puede resultar ahora más familiar el conflicto en Naranpol, sea por su aparición en los medios de comunicación, sea porque consumía los productos, sea porque tiene un familiar allegado a alguno de los involucrados, sea porque es, como yo, uno de los involucrados y no puede hacer nada más que esperar sentado, escribiendo.
Todos sabemos qué hacer, pero algunos no hacen nada. Yo, personalmente, escribo estas cosas, creyendo en duendes que resuelvan mis despojos, soñando a la noche con los rostros que veo en el día anterior, escuchando a mis hijos que, a partir de mis negligencias, ya comenzaron a mugir.
GRACIAS
ERNESTO CESAR CACERES




